Un aniversario que nos interpela

Obra del pintor uruguayo Diógenes Hequet (1866-1902)

Hubo un tiempo en que en éstas tierras habitó un pueblo que se respetaba a sí mismo y se hacía respetar. Ese tiempo fue el de la epopeya artiguista, de la que podemos aprender lecciones de dignidad que al cumplirse 205 años del congreso de abril de 1813, es oportuno revisar.

En aquel momento histórico, Buenos Aires tramaba legitimar su poder mediante una Asamblea Constituyente en la que delegados de las diferentes provincias, bajo presión,  terminaran aceptando sus condiciones para consolidar un sistema de gobierno  que regiría en el amplio territorio de lo que hoy es Argentina incluyendo  a Uruguay, no reconociéndole a la banda oriental el rango de Provincia dentro del naciente estado llamado “Provincias Unidas del río de la Plata”. Se le comunicó a Artigas que debía enviar dos diputados, uno por Montevideo y otro por Maldonado, con la intención de cumplir con la formalidad de firmar las actas respectivas, sin pensar que éstos fueran a poner obstáculos a sus planes.

 

Pero lejos de aceptar tales instrucciones, Artigas demostrando que su posterior afirmación “mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana” no sería un simple eslogan, convoca una asamblea de delegados de la mayor cantidad posible de pueblos y villas del territorio oriental, para que las comunidades resolvieran qué respuesta se daría: primero si se reconocía la validez de la Constituyente y en tal caso, qué propuestas se harían para el texto de la futura Constitución. Ese procedimiento tan democrático es de por sí ejemplar, pero lo resuelto en el congreso realizado en la quinta de Manuel Sainz de Cavia, actual zona de Tres Cruces en lo que entonces eran las afueras de Montevideo, entre el 5 y el 21 de abril de 1813, no deja dudas respecto al lugar que los orientales se daban a sí mismos: el de un pueblo autónomo y soberano.

 

Ese congreso artiguista aprobó 20 propuestas a presentar en la Constituyente, conocidas como “Las instrucciones del año 13”, y eligió no dos como se esperaba, sino seis delegados, porque los orientales entendieron que ese era el número adecuado. El tono de las propuestas que llevaron los diputados orientales a la Constituyente de Buenos Aires es imperativo y muy enfático: “No se admitirá otro sistema que el de Confederación”, “cada Provincia formará su gobierno”, son frases categóricas. El artículo 11 es especialmente claro: “Que esta Provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la Confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso.”

 

Otros artículos refuerzan la autonomía exigida: “Esta Provincia tendrá su constitución territorial; y que ella tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas que forme la Asamblea Constituyente.”  “Esta Provincia tiene derecho para levantar los regimientos que necesite, nombrar los oficiales de companía, reglar la milicia de ella para la seguridad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para guardar y tener armas.”

 

El artículo más intransigente y que fue sin dudas el que más molestó es el 19: “Que precisa e indispensablemente  sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas.” Es de imaginar el fastidio que causó a los copetudos porteños esta postura frontalmente opuesta al centralismo bonaerense que ya tenía todo arreglado para ser Capital del nuevo gobierno. Los orientales también exigieron en los artículos 12 y 13, libre operativa para los puertos de Maldonado y Colonia, otro desafío a las intenciones  de manejar el comercio regional que tenía el puerto de Buenos Aires.

 

Apelando a argucias y tecnicismos, los organizadores de la Asamblea Constituyente desconocieron las credenciales de cuatro de los seis representantes orientales, que no pudieron participar de las deliberaciones. Es que el programa político artiguista era totalmente inadmisible para hombres como  Rivadavia, Sarratea y Alvear que dirigían los destinos de aquel proyecto de estado centralista y oligárquico. Pero las instrucciones que llevaban los diputados orientales tuvieron una repercusión mucho mayor que la que el propio Artigas había previsto. Copias de estas circularon por varias provincias  y el federalismo se extendió vigorosamente. El diputado oriental Felipe Santiago Cardoso, desde la capital porteña se comunicó con líderes provinciales para hacerles conocer el programa federal e invitarlos a que se sumaran a éste. Felipe Santiago Cardoso terminó preso acusado de actividades subversivas. Quedó claro que los aristócratas porteños no tolerarían actitudes desafiantes como las que caracterizaban a los orientales de aquella época.

 

Artigas se refiere a estas afrentas en una carta en la que advierte a Buenos Aires que la provincia Oriental “tiene ya todas sus medidas tomadas y al primer impulso de sus resortes hará conocer á V. E. la extensión de sus recursos irresistibles. Ellos se harán sentir a medida de las necesidades, y V. E. reconocerá todos los efectos de la energía animada por la justicia y el honor.”

 

¿Qué pasó con aquel espíritu decidido y pujante que Artigas define como “recursos irresistibles” de “energía animada por la justicia y el honor “? ¿Queda algo de aquello en nuestro ADN nacional y en tal caso cuál es la clave para potenciarlo? Creo que son preguntas escrutadoras que todos los uruguayos deberíamos considerar en fechas cómo éstas.

Aníbal Terán Castromán

(Fuente consultada: “Artigas y la revolución americana” de Hugo Barbajelata, libro prologado por José Enrique Rodó, editado en París por la  LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF en fecha que no he podido precisar. Está en internet.)